Para contar y contarnos qué es el Reino de Dios, Jesús empleó varias imágenes (el grano de mostaza, la levadura, la semilla, el tesoro escondido, la perla, el sembrador, la red … )
Hoy dice que: el Reino de Dios se parece a…, es semejante a… un banquete de bodas.
Jesús, al elegir esta imagen, quizás está recordando también las palabras del Profeta Isaías (cuando muchos siglos antes, 8 siglos antes) decía lo que hemos escuchado en la 1ª lectura: “El Señor preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, con vinos de solera…etc…etc
Jesús dice hoy: Que el Reino de Dios se parece, tiene que ver con un banquete
donde hay abundancia de pan y vino para todos, donde nadie sobra, donde nadie se siente rechazado. Una mesa donde la alegría y la fiesta llenan el espacio y la vida, donde se comparte desde la fraternidad, donde el diálogo y la relación están asegurados…
Es un banquete gratuito. Dios invita y paga.
En este banquete del Reino, los platos no se llenan solamente de comida. Se llenan también de justicia, de solidaridad, de perdón y de convivencia fraterna.
Y es además un banquete de BODAS. Donde hay, por tanto, un pacto, una relación, una alianza. Un compromiso de amor. Entre Dios y el ser humano. Entre Dios y el pueblo.
** Y en este marco. El relato tiene y 3 sorpresas (en tres momentos)
La primera: Los invitados no hacen caso de la llamada.
El rey envía a sus criados a llamar a los invitados. Pero estos no quieren venir.
Les llama por segunda vez (“Todo está preparado. Venid. Todo está a punto") .Y tampoco le hacen caso. Y se van, uno a su campo, otro a su negocio, otro a sus cosas.
Y aun por tercera vez: “La boda está preparada”- Vuelve a decir.
E incluso, ocurre que a algunos mensajeros… los agarraron, los maltrataron y los mataron.
Así ocurre, desgraciadamente, antes y hoy. Despreciamos a los profetas, a los mensajeros. Matamos a los mensajeros porque no queremos oír el mensaje.
Y hoy como ayer, Dios sigue llamando. ¿Y no nos puede pasar algo parecido?
Dios sigue invitándonos hoy. Nos invita a vivir desde el amor, a compartir, a perdonar, a preocuparnos por quien está solo, a trabajar por un mundo más justo y humano.
Pero nosotros/nosotras también tenemos nuestros campos, nuestros negocios. Nuestras ocupaciones y prisas…. Y a veces no oímos su invitación. O la vamos posponiendo para cuando tengamos tiempo, para cuando nos venga mejor.
¿Siento que Dios me está invitando a algo en este momento de mi vida? ¿A qué? Y ¿Cuáles son mis campos, mis negocios, mis preocupaciones... aquellas cosas que no me dejan ir a la invitación?
La segunda es: La salida a los cruces de los caminos. O de cuando la mesa se llena de gente inesperada.
Y el rey da una orden sorprendente: “Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, invitadlos a la boda”
Los cruces de los caminos son lugares de paso, lugares de encuentro, donde se descansa, también donde se decide…
Es el lugar diverso y variado de gentes, unos del norte otros del sur. Los cruces de los caminos están fuera de la ciudad…. Y del templo.
Por donde pasan personas que llevan vidas distintas.
Heridas, esperanzas y preocupaciones diferentes.
Y es precisamente allí, en medio de esa diversidad, donde el rey manda ir a buscar invitados.
¡Y la mesa se llenó de gente inesperada!
Todos tienen cabida en la mesa del banquete. Porque el amor de Dios no se limita a quienes nosotros consideramos dignos de sentarse a su mesa. La invitación de Dios rompe nuestras fronteras y descoloca nuestros criterios.
Y vinieron muchos, todos = malos y los buenos. (Te has fijado que el evangelista pone “malos” en 1er lugar).
Dios no nos invita porque seamos buenos, sino porque él es bueno.
La pregunta que nos queda es fácil y obvia:
¿Cómo es la puerta y la mesa de nuestras comunidades, de la iglesia? ¿Es de puertas abiertas? -como el papa Francisco tantas veces nos insistió que fuese.
Y cuando parece que todo estaba resuelto, llega la tercera sorpresa: Uno de los invitados no lleva traje de fiesta
El rey entra en la sala y descubre que una persona no lleva traje de fiesta. Y le dice: “Amigo, ¿como has entrado aquí sin vestirte de fiesta?
¿Acaso se ha vuelto Dios exigente después de haber invitado a todo el mundo?
Pero es claro: Jesús no está hablando de moda o un vestido u otro. La cuestión es más profunda. Se refiere a una forma de vivir y de actuar desde los valores del evangelio.
El traje de fiesta representa (en la interpretación cristiana) una manera nueva de vivir, es vestirse con los valores del evangelio, con los valores del Reino que Jesús anunciaba.
O como dice Pablo, muy gráficamente (escribiendo a los Gálatas) Es “estar revestido de Cristo”
Vivir en comunidad cristiana, participar en la mesa del banquete del amor de Dios, pasa por ir tiñéndose, contagiándose del estilo y modo de Jesús. Ir vistiéndonos con el traje con el que Jesús se viste.
Si su evangelio, un día y otro, si el encuentro comunitario, un día y otro no nos cambia nuestras acostumbradas y viejas ropas de siempre, pues…..
No basta con estar en la sala. Hay que dejar que el banquete nos transforme.
¿Qué podría significar hoy para mí “vestirme de fiesta”? ¿Qué actitud, cambio, reconciliación, decisión o apertura me está pidiendo hoy Dios?