Comentario al evangelio de Mateo 11, 25-30 Domingo XIV del Tiempo ordinario, ciclo A
Hay una canción del cantautor Luis Guitarra que se titula “Vengo cansado” Y comienza diciendo:
Cansado Señor, vengo cansado;
vengo cansado del ruido,
traigo las manos cansadas
y el corazón abatido.
Cansado Señor, de ser profeta
donde apenas se te escucha.
Cansado de la pobreza,
cansado de tanta lucha.
Hay momentos en la vida, en que de un modo u otro todos nos sentimos así ¿verdad?
La fatiga es compañera habitual del ser humano en el peregrinaje de la vida. Y la opresión, en sus múltiples formas —el trabajo, los problemas económicos, los condicionantes sociales, las dificultades en las relaciones, los problemas en la familia, la enfermedad, los ahogos, las injusticias que vemos en la sociedad…— nos impiden gozar en su plenitud de la libertad a la que hemos sido llamados.
Es nuestra experiencia cotidiana: el cansancio y el agobio es parte (también) de nuestro vivir.
Aunque juntamente (¡claro está!) con los momentos de: alivio, vigor, vitalidad, esperanza, animo.
Por eso nos resuena muy cercana la invitación de Jesús que hoy dice: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”
Y no solo lo dice, sino que se ofrece a compartir el peso de las cargas y de mi vida.
Y, para aliviarnos, para encontrar el descanso, nos ofrece algo que en principio es como una paradoja, como algo contrario.
“Cargad con mi yugo” -- dice
El yugo, es ese instrumento de madera que sirve para uncir a dos animales, (a dos bueyes, por ejemplo), para que así puedan tirar juntos y compartir la carga, repartiendo el esfuerzo.
Pues con ese ejemplo tan gráfico, Jesús dice: Vamos a uncirnos juntos, vamos a compartir cargas y caminar.
Para repartir el peso. Para hacer más ligera la carga.
Cargar con el yugo de Jesús (“Cargad con mi yugo”) es caminar al paso de Jesús, andando por donde el anda, acercándose a donde Él se acerca. Para no perder el sentido de la vida. Aliviando así nuestro peso y nuestras cargas.
Para ir atentos sin despistarnos yendo de aquí para allá, tras los señuelos que nos tientan.
Un yugo que nos alivia –según su promesa. (“Y yo os aliviaré”)
Un yugo que no es imposición, ley y norma, sino vida y compasión. Que le hace más llevadero. (“Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”)
Y también se me ocurría otra cosa y es que : Al igual que Jesús yo también tengo que hacer su misma experiencia.
(“Aprended de mí…” -nos dice Jesús hoy). ¿Qué tengo que aprender?
Pues que yo también tengo que uncir mi yugo con otras personas más sencillas, más pequeñas, más pobres, con los que se van quedando más atrás o más cansadas.
Uncir mi yugo con ellos para caminar a su paso y no dejarlos atrás. Para compartir su carga y su peso y así aliviar su vida.
“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra….” Porque nos revelas y enseñas estas cosas…
Hoy damos gracias Y lo vamos a hacer con la respiración.
Inspirando. Al inspirar: para acoger todo lo que la vida nos ofrece cada día como oportunidad.
Reconocerlo, nombrarlo y agradecerlo.
Espirando. Al espirar: para ofrecernos como cauce de solidaridad amorosa allá donde la vida está más vulnerada, sabiéndome yo también vulnerable y necesitado de cuidado y relación.
Os dejo así respirando. Inspirando y espirando