El pasado sábado 28 de marzo vivimos un retiro que dejó huella, de esos que no se quedan en las ideas, sino que bajan al corazón y se traducen en vida. Bajo el lema “Lo que tengo te lo doy”, inspirado en el conocido pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles —cuando Pedro, junto a Juan, se encuentra con un mendigo a la entrada del templo y le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy”—, la jornada fue una invitación clara a revisar qué llevamos dentro… y qué estamos dispuestos a compartir.
La propuesta ofrecida en el Retiro no buscaba grandes teorías, sino algo mucho más exigente: autenticidad. Y en este sentido, Toño Badiola, con cercanía y profundidad, nos acercó el texto bíblico a nuestra realidad concreta. Nos ayudó a entender que muchas veces retenemos no por falta, sino por miedo o comodidad. Y que lo verdaderamente valioso —la fe, el tiempo, la escucha, la esperanza— es precisamente aquello que sí podemos ofrecer siempre.
Lejos de quedarse en lo abstracto, su intervención nos confrontó con preguntas incómodas pero necesarias: ¿Qué tengo yo hoy para dar? ¿Qué estoy reteniendo? ¿A quién estoy llamado a mirar de frente, como Pedro al mendigo?
En la segunda hora de la mañana, cada cual nos buscamos un espacio y un tiempo para el silencio y la reflexión personal (¡eso sí! Con la posibilidad de tomar un café y unas pastas que Héctor nos había preparado).
La parte final, animada por Raquel C., aportó un giro creativo que logró generar un espacio de participación donde lo vivido durante la mañana pudo expresarse, compartirse y tomar forma concreta. No fue solo un cierre, sino una verdadera integración de la experiencia. A través una de una dinámica nos ayudó a que cada uno/una pudiera poner nombre a lo recibido… y también a lo que está dispuesto a dar.
Terminó la mañana de Retiro y nos fuimos con la sensación de haber recibido mucho, pero también con la certeza de que ese “mucho” no es para guardarlo. Porque, como nos recordaba el lema, la clave no está en cuánto tenemos, sino en la generosidad y el compromiso de ofrecerlo.
Una jornada sencilla en apariencia, pero profundamente transformadora. De esas que, sin hacer ruido, dejan eco.