Comentario al evangelio de Juan 1, 1-18 Segundo domingo después de Navidad
Hoy el evangelista Juan, resumiendo de una manera asombrosa la Navidad dice que Jesús es la PALABRA.
La palabra de Dios diciendo, hablando.
La Palabra más clara, diáfana y definitiva.
Dios escucha y habla.
Y su Palabra no es un hablar por hablar, no es tampoco palabrería, sino que es
-Una Palabra preñada de vida,
-Una Palabra que es luz y que brilla en la tiniebla
-Una palabra que lo sostiene todo
-Que ha pisado nuestro barro, que ha entrado en nuestra historia. Y lo ha hecho de manera pobre, humilde, callada…pero plena y total.
“Y la Palabra se hizo carne”, se encarna. Pone su tienda entre las nuestras. Pone su presencia en nuestras vidas e historia personal y colectiva.
Es la Navidad. Es el misterio de la Encarnación. Dios es -con-nosotros.
Esta es nuestra gran sorpresa y nuestra gran esperanza: un Dios que no rehúye la fragilidad humana, que no se mantiene al margen del dolor, de la duda, de la noche. Al contrario, habita entre nosotros, entre nosotras, camina nuestros caminos, comparte nuestra condición. Dios se nos hace cercano, cotidiano, reconocible.
“La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo ser humano”
En un mundo marcado por tantas sombras —el sufrimiento, el cansancio acumulado, la incertidumbre por el futuro, las desigualdades que hieren, las soledades que no siempre se ven, las injusticias que se normalizan— Dios no responde con discursos lejanos, sino con una presencia. Y una presencia luminosa. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la venció”.
Jesús, (lo hemos recordado esta Navidad es Dios-con-nosotros).
En Jesús, Dios nos dice todo lo que tenía que decirnos. No hay una palabra más plena, más verdadera, más diáfana que su vida entregada, su amor hasta el extremo, su cruz y su resurrección.
Jesús es la Palabra que ilumina nuestras preguntas, que da sentido a nuestras búsquedas, que nos muestra que (incluso en la noche más oscura) hay esperanza y Vida.
Quien acoge esta luz no camina a ciegas, aunque siga habiendo sombras.
Y así, quien recibe esta Palabra comienza a vivir como hijo querido-hija querida, no como extraño: “a los que la recibieron les dio poder de ser hijos de Dios”.